La odisea de España

Porque los monstruos nunca desaparecieron, solo aprendieron a vestir de traje

Han pasado casi tres mil años desde que Homero escribió La Odisea. Desde entonces, se han cambiado los barcos por las redes sociales, las espadas por los discursos y los oráculos por los algoritmos y el ser humano sigue enfrentándose exactamente a los mismos monstruos.

Hace casi tres mil años, Homero escribió una historia que muchos consideran una aventura épica y en realidad, nunca fue un libro sobre viajes, fue un libro sobre el poder, el miedo, la manipulación, la ambición y la fragilidad del ser humano cuando deja de guiarse por los valores y comienza a hacerlo por sus impulsos.

Quizá por eso La Odisea resulta hoy más actual que nunca, porque España también parece haber emprendido un viaje del que nadie sabe exactamente dónde terminará, pues no faltan gobernantes, no faltan leyes, tampoco faltan instituciones y lo que empieza a escasear es algo mucho más importante, el rumbo.

Ulises no luchaba contra monstruos.

Luchaba contra sí mismo. Siempre pensamos que el enemigo era el cíclope y que el peligro eran las sirenas, que la amenaza era Poseidón, sin embargo, Homero nos deja una enseñanza mucho más incómoda, que los monstruos sólo podían vencer a quien primero había perdido el control sobre sí mismo.

La política actual parece haber olvidado esta lección. Hoy el adversario ya no es quien piensa distinto sino cualquiera que cuestione nuestro relato y cuando el relato importa más que la verdad, empieza el naufragio.

Polifemo sigue vivo.

Ya no tiene un solo ojo, tiene millones y mientras pensemos que solo existe una mirada única seguirá la incapacidad de aceptar que existen otras perspectivas, y así nace el sectarismo.

La política contemporánea vive obsesionada con convertir la realidad en algo binario. Enfrentando a buenos con malos, patriotas con traidores, demócratas ante fascistas, rojos y azules, y quien sólo mira desde un único ojo termina creyendo que el mundo entero cabe dentro de su cueva y ahí comienza el fanatismo.

Las sirenas ya no cantan.

Ahora tienen wifi. En La Odisea, Ulises sabía que escuchar a las sirenas significaba perder el rumbo, por eso pidió ser atado al mástil, confiaba más en su disciplina que en su fuerza de voluntad.

Hoy sucede exactamente lo contrario, vivimos permanentemente expuestos al algoritmo, a titulares diseñados para indignar, a vídeos de treinta segundos con opiniones que sustituyen al conocimiento y creando emociones fabricadas para que compartamos antes de pensar.

Nunca había sido tan fácil manipular y nunca había sido tan rentable polarizar. Las nuevas sirenas no buscan convencernos, sólo necesitan captar nuestra atención.

Ítaca ha dejado de ser un lugar.

Ahora es el poder. Ulises quería volver a casa, mientras que muchos políticos sólo quieren permanecer en el cargo y cuando el destino deja de ser servir para convertirse en permanecer, aparecen las renuncias.

Los principios empiezan a negociarse y las promesas se reinterpretan. Los pactos dejan de responder al interés general para responder a la supervivencia política y es entonces cuando la brújula ya no apunta al ciudadano sino a las siguientes elecciones.

Los pretendientes nunca abandonaron el palacio.

Mientras Ulises luchaba por regresar, otros ocupaban su casa, consumían sus recursos, despreciaban sus normas, creían que aquello les pertenecía y no construían nada sólo aprovechaban lo existente.

Cada institución corre ese riesgo. Cuando el cargo se entiende como patrimonio propio y no como una responsabilidad temporal, el servicio público se transforma en apropiación y las instituciones dejan de pertenecer a los ciudadanos y comienzan a pertenecer a quienes las administran y esa es una de las formas más silenciosas de deterioro democrático.

Atenea representa lo que menos cotiza en política.

La prudencia. Que no significa ni es la ocurrencia, ni el titular y tampoco el golpe de efecto, sino la inteligencia estratégica.

En un tiempo dominado por la velocidad, reflexionar parece una debilidad, sin embargo, Homero nos recuerda que la fuerza nunca fue suficiente, ya que los héroes sobreviven porque piensan y no porque gritan más fuerte.

El verdadero monstruo nunca fue Poseidón.

Fue la soberbia. La hybris, la desmesura, creer que uno nunca se equivoca y que siempre tiene razón, pensar que toda crítica es un ataque y que toda discrepancia es una conspiración y precisamente ese es el pecado que destruyó a reyes, imperios y democracias y sigue haciéndolo.

La política necesita menos héroes y más navegantes.

Porque La Odisea trataba de llegar siendo mejor que cuando se partió y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos en 2026, no si nuestro país llegará a buen puerto sino si, cuando llegue, seguirá reconociéndose a sí mismo, porque los monstruos de Homero nunca desaparecieron, simplemente aprendieron a hablar nuestro idioma, a ocupar nuestras instituciones y, en demasiadas ocasiones, a vivir dentro de nosotros mismos.

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